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viernes, 3 de septiembre de 2010

Te llamaré: ¡mujer!

Que sean los aromas del pasado
la prudencia con la que te enamoras.
Que sea tu sonrisa el ímpetu para procurarme,
y que sean, entonces, mis llamadas
el camino llano que fluye por merecerte.

No calmes esa voz tuya cuando el sentimiento del pecho
aventure con palabras la devoción que yo corresponderé.
Y cuando menos se espere de la nada será que...

Por esa sofisticada delicadeza te haré un verso.
Por esa eterna esencia te creeré divina.
Por esa cordura insaciable te haré razón.
Por tu calidez serás mi amante, por tus labios seré el tuyo.
Por tu armonía te veré rodeada de narcisos y demás flores,
pero por tu belleza te llamaré: ¡mujer!

jueves, 26 de agosto de 2010

¿Qué pasaría si el amor no fuere suficiente?

Debo admitir que, a pesar de todo lo nosperante que pueda ser, el amor es una idea que sigue sorprendiéndome; en este momento, seguramente muchos infantes están comenzando a adquirir gusto por esa palabra, muchos jóvenes están sientiéndolo o mintiendo con ello, la mayoría de los adultos quizá sólo lo piensan y pareciera que para ellos el orgullo ya forma parte intrínseca del amor. Sé que es parte importante del hombre y la mujer, niño o niña, sentir que sienten amor, pero ¿por qué?
     La única pregunta -hasta ahora- no se refiere al porqué de la importancia de este sentimiento, sino al porqué del querer sentir sentirlo. Confieso que soy un pésimo juez; incluso teniendo conocimiento de las ideas, intenciones, conductas, hechos, faltas, personas, etcétera, jamás lograré dar fallo a favor o en contra porque el simple proceso me marea y las perspectivas y manejo del discurso pueden favorecer; peor cuando no conozco. Por esto es que, posiblemente, la ingenuidad me lleva a preguntar de nuevo: ¿por qué?
     Acaso ¿es Algo tan Maravilloso como Ofensivo por su Rareza?, ¿o será que sólo es tan soberbio que la provocación nos intriga? No pretendo contestar nada, sólo plantar curiosidad. Tal vez porque detrás de toda lógica todavía puede ser posible entrever el romanticismo que hace tiempo defendía con caballería pesada y que seguramente sigo defendiendo aunque con distinta armadura y que no me permite responder.
      Para ejemplificar mi punto anterior utilizaré la naturaleza de la soberbia. Muchos no apreciarán la soberbia; lo interesante en eso es el factor humano que imposibilita que cualquiera pueda acceder a ella, por lo mismo provoca intriga. No todos están preparados para alimentarla todos los días y cambiarla si se ensucia con su propia mierda (con el fin de detener las metáforas particulares, piensen en el símil de la soberbia como un bebé). Entonces, a muchos los volvería locos, a otros los volvería "idiotas", incluso para la mayoría sería la destrucción de su carisma y el camino generoso hacia la incoherencia. Aquel verdaderamente soberbio contempla desde lo alto de su subjetivismo y domestica con objetividad y rudeza a los demás. Es complicado estar disponible para los demás cuando se es soberbio.
     A lo que quiero llegar es que si la soberbia, que implica una complejidad virtuosa, ya me es tan rídicula e irrisoria no creo que algo pueda superar el gusto de tenerla y despreciarla, por eso me viene a la mente y después a este espacio: ¿qué pasaría si, por los antecedentes soberbios, el amor no fuere suficiente?. La pregunta no está formulada para implicar que ando en busca de o esperando que, simplemente quiero saber hasta qué punto, un sentimiento hipervalorado, puede probar que estoy equivocado respecto a las relaciones con otros. Sería una gloria comprender la faramalla -o amor- que todos idolatran; sería una gloria saberme perdedor...

lunes, 12 de julio de 2010

Poesía callejera

El día de hoy, nada que ver con mi estilo, pero por solicitud va dedicado a todas(os) aquellas(os) románticas(os) o realistas positivas(os) que encuentran en cada momento de la vida una chispa de alegría que congenia y armoniza como si se tratara de un pequeño poema ya escrito y que sólo está en la calle para ser leído por quien preste atención.
     Todo comienza en un lugar cómodo de tu habitación y notas que un antojo te invade, pero no es el antojo lo que te provoca placer, sino los recuerdos de tu primer avalancha de sabor durazno con esa persona especial; te decides a salir en busca de otro recuerdo y avanzas en la noche del lado del copiloto por el mismo camino que sueles tomar hacia tu nevería preferida, te das cuenta que todas las luces pasan tan rápido que apenas las notas pero algunas parecen reflectores y otras luciérnagas, ves como las plantas se movieran exactamente hacia donde te diriges y los sonidos se atenúan de una manera que comúnmente no lo hacen; todo parece como si estuviese ambientado para generar emociones que enaltezcan tu sentido del gusto.
     Por fin llegas, tomas asiento y comienzas a platicar, ríes, pruebas un poco de su helado, ríes más... pasan tantas cosas que quisieras llegar a escribirlas y que nunca se olvidaran. Todo se va tan rápido que ya estás de regreso en casa de nuevo; te alistas para descansar y vuelves a traer a la mente todo lo que disfrutaste. Aún recuerdas como olía la azucena que estaba en la mesa de la nevería y como las luces de los departamentos en el tercer piso del edificio de enfrente parecían como si quisieran decirte algo, pero lo que más recuerdas es esa grieta en la pared que parece no sé qué, pero le das forma de sonrisa. De verdad que pareciera como si se hubiera planeado para ser así.
     Ves caer las hojas del calendario y día tras día recuerdas algo nuevo, pero un día platicas conmigo, me cuentas, río y te digo que sólo es producto de la confusión emocional y predisposición ante un evento deseado, pero que a todos les pasa alguna vez y, patético o no, son memorias que nunca desaparecen porque por primera vez notaste que la "ambientación" natural de los espacios cumple mejor para ti que el proyecto de algún colega mío.